Trece horas (Narrativa)
Trece horas (Narrativa)
Autor: René Magallón
Nueve
de la noche. Entre historias y cantos en aquel cuarto infantil, se escucha de
repente en la habitación de al lado:
¡rompí fuente! aquella muchacha, cuyo corazón latía rápidamente, vivía
experiencia que anunciaba la llegada de un nuevo bebe. Entra el esposo y ambos
se miran como queriendo saber qué hacer. ¡Tomemos las cosas con calma!, dijo la
esposa, mientras su esposo guardaba apresuradamente en unas maletas algunas
toallas y enseres personales necesarios para que su esposa usara en el
hospital.
Llaman
a Eduardo, amigo de la familia, que los llevaría al hospital. Este como el
viento, en poco tiempo llega al lugar; todos se dirigen con rapidez por la carretera. Rápido, al médico debemos
llegar
En
el hospital, se dirigen a la ventanilla donde estaba aquella mujer de voz
cansada, porque sería una larga noche; empiezan a llenar la hoja de admisión y
en pocos minutos llaman a la mujer para ser revisada por el doctor de turno. Este,
al ver los detalles suministrados por la mujer que pronto daría a luz a un nuevo ser, llama al esposo y le anuncia que su esposa
debe permanecer en el hospital y que dentro de dos horas su bebé iba a nacer. Su
corazón cada vez se aceleraba, porque recordaba las palabras de su suegra: las
mujeres embarazadas siempre tienen un pie allá y uno acá.
En
esos momentos de angustia, solo podía elevar una oración y dejar que Dios
tomara el control. Aquel hombre caminaba de un lado a otro y el reloj no parecía
avanzar… gente salía y gente pasaba, pero de su esposa no sabía nada.
Pasadas
las dos horas, aquel padre se mantenía a la expectativa de saber algo de su
amada esposa y de su bebe… pero nada; nadie decía nada…
Entre
el desosiego pasaron las horas, seis de la mañana aun sin saber nada; fue a la
ventanilla de aquella mujer que estaba enojada por su trabajo y su falta de
vocación. Esta con una mirada grosera, le dijo: su esposa no ha dado a luz
todavía.
Dando
media vuelta, empezó a desesperarse, porque aquellas palabras atormentaban su
cansada mente. Nueve horas habían pasado y él sin saber que sucedía; solo en su
corazón decía: ¡oh Dios, ayúdala y que salga sin demora!
Cuando
el reloj marcaba la 9:00 de la mañana, una enfermera, en un abrir y cerrar de
puerta, en voz alta y clara dijo: ¡los familiares de Esther! De un salto, el
quedó en pie y rápidamente, al acercarse le dijeron: “su esposa está bien, el
bebé está muy grande; es necesario llevarla a otra sala, porque hay que
someterla a una cesárea. Aquella mujer
vestida de blanco desapareció entre aquellas puertas.
Cerró
sus ojos y recostado contra la pared oró así: Señor, dale fuerza a mí esposa y
que todo salga bien. Rápidamente fue a la siguiente sala, donde el frio del lugar no parecía calmar los pensamientos de
aquel hombre; solía recordar aquellas
palabras de su suegra.
El
reloj parecía avanzar rápidamente, mientras él se pasaba las manos por su
rostro. En los altavoces de aquel lugar
una voz femenina anunciaba, que el hospital, se quedaría sin agua. Pasada media
hora y sin respuestas aun, otra mujer vestida de blanco le dice: “Joven,
necesitamos realizar la cesárea rápidamente por el bien de su bebé, pero hay
riesgo de una infección, porque el hospital se ha quedado sin agua.
Once
y media de la mañana, otra mujer de blanco en voz tranquila y cansada pregunta:
¿los familiares de Esther? Entre sábanas de colores, envueltas ágilmente, había
una hermosa criatura, de ojos lindos en forma de avellanas, entre ligeros
manoteos era la dulce y esperada Hannah Sophia, la hija de aquella valiente
mujer, que a pesar de las circunstancias desfavorables, puso su confianza en
Dios.
El
corazón del padre saltó de entusiasmo al
ver a esa hermosa bebe, pero aun sin saber de su esposa…
Pasaron dos horas más entre abrir y cerrar de
puertas… allí estaba Esther, su amada esposa, sus ojos se cruzaron y en su
rostro no había más nada que felicidad,
pero ella por la cesárea, no podía hablar; él se acercó, tocó su mano y su
rostro, queriendo decirle: estoy orgullosos de ti.
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