REFRÁN: “Quien siembra vientos recoge
tempestades”.
La mayoría de las personas conoce una infinidad
de variedad de semillas que al ser depositadas en el suelo y encontrar las
condiciones necesarias, germina, crece y produce frutos. Sin embargo, de
acuerdo con las leyes de la naturaleza y especialmente de aquellas que rigen la
siembra y la cosecha, es imposible que podamos hacer una siembra literal de
vientos y tener una cosecha literal de torbellinos o tempestades.
Este lenguaje es cien por ciento metafórico y
enseña lecciones objetivas que nos ayudan a reflexionar sobre la vida, a pensar
antes de actuar, a tomar las mejores decisiones y a normar nuestra conducta de
acuerdo con principios sanos para no tener que lamentarnos en el futuro.
La expresión popular “quien siembra vientos
recoge tempestades” se usa en nuestro idioma español para dar a entender que somos los
únicos responsables de nuestra conducta y de nuestros actos. Esta frase procede
de la Biblia, exactamente del profeta menor Oseas, quien profetizó en el reino
del norte, llamado también Israel o Efraín. El pasaje exactamente reza así: “Porque
sembraron viento, torbellino segarán”[1].
El contexto de estas palabras se ubica en el marco de las profecías del Antiguo
Testamento concerniente al gran “día de Jehová”. El tema de la profecía es el castigo de Dios por las infidelidades
e idolatrías del pueblo hebreo. Dios, mediante su siervo Oseas predice la
destrucción del reino de Israel y la dispersión de sus habitantes. “La cosecha
es siempre el resultado seguro de la siembra.
La idolatría de Israel sólo podía tener un resultado: el castigo divino.
El viento simboliza lo inútil y vano de la conducta idólatra de Israel, el
torbellino de la segura destrucción. Cualquier cosa que se convierta en nuestro
ídolo, todo lo que quite a Dios del lugar a que tiene derecho en el corazón,
con toda seguridad nos dará una cosecha de remordimiento y angustia. Recibiremos el pago con la dura moneda de
nuestro propio cuño moral y espiritual”[2].
La realidad del mundo natural es
dura y cruel. Dependiendo del fruto que se siembre, así será la cosecha: si
sembramos trigo o maíz obtendremos una excelente siega, pero si por el
contrario sembramos cizaña o cualquier otra planta perjudicial, cosecharemos
espinos, cardos o hierbas venenosas. Así también ocurre en la vida, quien “siembra
vientos, cosecha tempestades”. Y bien se ha dicho con acierto: “De aquellos polvos, vinieron estos
lodos”. Esto está en armonía con las labores agrícolas, porque después
de una siembra nociva, el producto de la siega es amargo y cruel.
“Dicen
que la vida, antes o después, pone a cada uno en su lugar, así que, si se hacen
cosas malas durante la vida de uno, probablemente antes o después la vida sea
mala con él. Si siempre hacemos daño o perjudicamos a los que nos rodean, el
día que les necesitemos no harán nada por ayudarnos, y si llevamos una mala
vida, pues terminaremos mal.
Por
si alguien tiene alguna duda, sembrar es arrojar y esparcir las semillas en la
tierra preparada para cultivar algo y en este caso, usamos la metáfora de
sembrar como si cada una de las acciones que hacemos a lo largo de nuestra vida
fuesen semillas que vamos cultivando en nuestro campo y las situaciones que nos
vamos encontrando posteriormente fuesen las cosechas que cada año se producen”[3].
El
refrán “quien siembra vientos recoge tempestades” también significa que los
malos comportamientos siempre producen resultados negativos. La frase alude a las consecuencias de
nuestros actos. Cuando la semilla sembrada es viento, la cosecha será
fracaso, inutilidad y hasta destrucción, porque una semilla de esa índole no
dará mies, y una espiga tal es imposible que produzca harina. Por lo tanto se advierte de las terribles consecuencias que puede
acarrear realizar malas acciones.
Hay un dicho popular que dice que “ají no pare tomate” y está
estrechamente vinculado también con las leyes de la naturaleza. No podemos
sembrar naranjas para cosechar mangos, como tampoco podemos sembrar guineo para
recoger limones. Quienes siembran una semilla esperando recoger una cosecha de
especies diferentes al fruto que sembró, está tratando lo imposible, porque las
leyes de la naturaleza son inalterables y difícilmente podrían ser trastocadas
de esa manera.
Siguiendo esta línea de pensamiento, el apóstol Pablo
escribió: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el
hombre sembrare, eso también segará”[4].
Este principio es ineludible y tan
cierto en el reino espiritual y en las relaciones sociales como en el mundo
físico. Es una ley inmutable,
inmodificable, que los seres se reproduzcan según su género de cuerdo con la
Biblia[5].
Porque dependiendo de lo que sembremos, así será la cosecha que recojamos y
debemos recordar siempre que “la avaricia rompe el saco”.
El que siembra “excesos en su juventud”, que vive una vida
laxa, desenfrenada y sin restricciones, no puede esperar una abundante cosecha
de buena salud en su vejez. Durante la adolescencia y la juventud hacemos la
siembra y en la senectud recogemos la cosecha. Si fue una siembra buena
tendremos una cosecha de buena salud, paz, contentamiento y satisfacción. No
obstante, si la siembra fue mala recibiremos los amargos frutos de achaques,
enfermedades, dolor por no haber cumplido con el deber, pesares y la molestia
de una conciencia culpable por no haberse conducido mejor.
El resultado de una siembra infructuosa se puede evidenciar
en la poesía de Romero: “En su juventud gastó su
salud buscando dinero. En su senectud gastó su dinero buscando salud. Ya sin
dinero, y ya sin salud, ¡ahí va Romero, en un ataúd!” Si no sembramos semillas
de austeridad, de dominio propio y de otras virtudes, estaremos condenados a
sufrir las consecuencias nefastas de nuestro curso de acción.
El refrán “quien siembra vientos recoge tempestades” también
acusa a quienes por su acción o su inacción causan consecuencias de las que
luego se quejan o se lamentan; así también puede aplicarse a quien crea
discordias que acaban en grandes discusiones o conflictos. De igual manera,
este dicho nos indica que el que se
porta mal con los demás obtiene de ellos odios y malas voluntades.
También se destaca el hecho de que toda acción lleva consigo
un efecto. Si nos comportamos mal, pagaremos las consecuencias y al final
reconoceremos como el joven que recibió como regalo de su vecino el terreno que
él mismo había plagado por venganza con una especie de cizaña casi imposible de
desarraigar: “Estoy cosechando lo que sembré”.
Por último, el refrán en mención
nos habla de la siembra del carácter para la vida y la eternidad. Reade Charles
afirma: “Siembra un pensamiento y
cosecharás un acto, siembra un acto y cosecharás un hábito. Siembra un hábito y
cosecharás un carácter. Siembra un carácter y cosecharás un destino”. El
carácter nace de la semilla y dependiendo de esta siembra así será nuestro
destino eterno. El fruto revela el carácter y el carácter definirá nuestro
destino eterno.
De acuerdo con todo lo anterior podemos concluir que la vida
es como el espejo: sólo nos da lo que le damos. El espejo no muestra sino la
imagen que se le proporciona, de igual manera no podemos recibir de la vida lo
que no le hemos dado. Es por ese motivo que antes de hablar y de actuar debemos
reflexionar sobre las consecuencias que tendrán nuestras palabras y nuestros
actos. Si así lo hacemos no tendremos por qué lamentarnos en un futuro.
Se requiere que poseamos dominio propio y seamos dueños de
nosotros mismos. El actuar demasiado rápido sin reflexión, las manifestaciones
de ira irracional y la pérdida del dominio de nosotros mismos, pueden ser
fatales a la hora de tomar decisiones, de expresarnos o de ejecutar nuestros
actos. Por eso Salomón aconseja: “El que tarda en airarse es grande de
entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad”[6].
“Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su
espíritu, que el que toma una ciudad”[7].
La regla de oro enseña: “Así que, todas las cosas que queráis
que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos;
porque esto es la ley y los profetas”[8].
Confucio la resumió de la siguiente manera: “No hagas a los demás lo que no
quieras que te hagan a ti”. Si observamos la regla de oro que enseñó Jesús, no
tendremos que afrontar consecuencias terribles y amargas.
La vida es fácil, amena y agradable cuando tratamos a los
demás con aprecio y consideración. Es una de las mejores siembras que podemos
hacer. Pero si somos crueles, soberbios e implacables, tendremos que recoger el
fruto de una cosecha funesta de desgracia y dolor.
