ANÉCDOTA
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ARMANDO ENRIQUE MARRIAGA
MEDINA
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Era
la noche del día miércoles 10 de marzo de 1997 en la localidad de Centoalegre
Bolívar, jurisdicción de El Carmen de Bolívar. La iglesia reunida celebraba
culto de oración y testimonio. En medio del mensaje que hablaba acerca del amor
de Dios por los seres humanos, conté la ilustración de Morris Venden que
aparece en su obra Cómo Conocer a Dios en la que alguien afirmó que “si se
pudiera tener una balanza gigante para colocar en uno de sus platillos a la
tierra que pesa 6 sixtillones de toneladas (un 6 seguido de 21 ceros), y en el
otro a un bebecito, la balanza se inclinaría a favor del niñito. Tal es el
valor del alma humana. De manera que no tenemos que ir por la vida con la
cabeza baja; podemos permanecer derechos y erguidos, por el valor adjudicado a
nosotros por Jesucristo”[1].
Una
de las visitas que asistía al culto le quedó sonando en la mente la idea del peso
gigantesco de la tierra. Al día
siguiente que llegamos a su casa para conversar con él y proponerle los estudios
bíblicos, nos hizo reír recordando la ilustración del sermón, pues él pensaba
que de alguna manera la tierra había sido pesada, y ese era el cálculo de su
peso. Entonces nos dijo: “¡Esa si sería mucha romana[2] en
la que la pusieron!”. No pudimos aguantar la risa y disfrutamos un poco de
aquella reflexión pueril e inocente de alguien que se había tomado en serio un
cálculo científico y a la vez se imaginaba cómo fue que lo obtuvo la ciencia.
AMPLIACIÓN
Era
la noche del día miércoles 10 de marzo de 1997, el cielo tachonado de estrellas
y la luminosidad de la luna, hacían claro el camino rural desde nuestra casa a
la iglesia. Mi familia y yo, vivíamos en la localidad de Centoalegre Bolívar,
jurisdicción de El Carmen de Bolívar. Esa noche, como de costumbre, fuimos a
culto. La iglesia reunida celebraba culto de oración y testimonio, y mi nombre
aparecía en la lista de predicación para esa noche. En medio del mensaje que
hablaba acerca del amor de Dios por los seres humanos y el valor que tiene un
alma para los ojos del Salvador, conté la ilustración del pastor Morris Venden
que aparece en su obra Cómo Conocer a Dios en la que alguien afirmó que “si se
pudiera tener una balanza gigante para colocar en uno de sus platillos a la
tierra que pesa 6 sixtillones de toneladas (un 6 seguido de 21 ceros), y en el
otro a un bebecito, la balanza se inclinaría a favor del niñito. Tal es el
valor del alma humana. De manera que no tenemos que ir por la vida con la
cabeza baja; podemos permanecer derechos y erguidos, por el valor adjudicado a
nosotros por Jesucristo”[3].
Esa
noche puntualizamos cuánto Dios nos ama y enfatizamos la valía personal
atribuida a los hombres y mujeres a la luz del Calvario. El oro y la plata de
este mundo se hunden en la insignificancia al compararlos con el gran tesoro
del Calvario donde se pagó el más alto precio por el pecador.
Una
de las visitas que asistía al culto le quedó sonando en la mente la idea del gigantesco
peso de la tierra, un cálculo científico aproximado. Al día siguiente que
llegamos a su casa para orar con él y proponerle los estudios bíblicos, nos
hizo reír recordando la ilustración del sermón, pues él pensaba que de alguna
manera la tierra había sido pesada, y ese era el cálculo exacto de su peso.
Entonces nos dijo: “¡Esa si sería mucha romana[4] en
la que la pusieron!”. No pudimos aguantar la risa y disfrutamos un poco de
aquella reflexión pueril e inocente de alguien que se había tomado en serio un
cálculo científico y a la vez se imaginaba cómo fue que lo obtuvo la ciencia.
SÍNTESIS
El
10 de marzo de 1997 en Centoalegre, la iglesia reunida celebraba culto de
oración y testimonio. En medio del mensaje que hablaba acerca del amor de Dios
por los seres humanos, conté la ilustración de Morris Venden que aparece en uno
de sus libros en la que alguien afirmó que “si se pudiera tener una balanza
gigante para colocar en uno de sus platillos a la tierra que pesa 6 sixtillones
de toneladas (un 6 seguido de 21 ceros), y en el otro a un bebecito, la balanza
se inclinaría a favor del niñito. Tal es el valor del alma humana”[5].
A
una de las visitas le quedó sonando en la mente la idea de que la tierra tiene
un peso tal. Al día siguiente que llegamos a su casa nos hizo reír recordando
la ilustración del sermón, pues él pensaba que de alguna manera la tierra había
sido pesada, y ese era el cálculo de su peso. Entonces nos dijo: “¡Esa si sería
mucha romana[6]
en la que la pusieron!”. Todos nos reímos de la inocentada de aquel amigo que
se había tomado en serio un cálculo aproximado y a la vez se imaginaba cómo fue
que lo obtuvo la ciencia.
[1] Morris L. Venden, Cómo Conocer a Dios, págs. 11, 12.
[2] La romana es un instrumento que sirve para pesar, compuesta de una
palanca de brazos muy desiguales, con el fiel sobre el punto de apoyo.
[3] Morris L. Venden, Cómo Conocer a Dios, págs. 11, 12.
[4] La romana es un instrumento que sirve para pesar, compuesta de una
palanca de brazos muy desiguales, con el fiel sobre el punto de apoyo. El cuerpo que se
ha de pesar se coloca en el extremo del brazo menor, y se equilibra con un
pilón o peso constante que se hace correr sobre el brazo mayor, donde se halla
trazada la escala de los pesos.
[5] Morris L. Venden, Cómo Conocer a Dios, págs. 11, 12.
[6] La romana es un instrumento que sirve para pesar, compuesta de una
palanca de brazos muy desiguales, con el fiel sobre el punto de apoyo.
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