martes, 20 de mayo de 2014

Nunca pierdas la esperanza – Género descriptivo-ARMANDO ENRIQUE MARRIAGA MEDINA

Nunca pierdas la esperanza – Género descriptivo
                                         ARMANDO ENRIQUE MARRIAGA MEDINA

Allí estaba la anciana del barrio, con su cabeza cana, su cara arrugada por los años, su cintura un poco doblada por el peso de los años  y su mirada observando a lo lejos, hacia el horizonte donde se ocultaba el astro rey brindando los últimos rayos dorados de un crepúsculo radiando lleno de colores y fulgores.
María, como se llamaba la anciana, atisbó a ver a un hombre elegante, vestido de etiqueta, con sombrero blanco y un maletín negro, conduciendo un auto rojo y lujoso. Era nada menos que Don Matías, quien era uno de los hombres acaudalados y terratenientes de la región que había ido a hacer una diligencia al pueblo. El personaje la miró sonriente y le prometió que la ayudaría económicamente para mejorar su condición, ella se sintió feliz y agradeció el ofrecimiento proveniente de aquel hombre bondadoso.
María era una mujer viuda y de condición humilde. Vivía en una pequeña choza sostenida por unos palos de guayacán que tenía un techo de palma con paja y cuyas paredes eran de barro. La pobre mujer vivía de la caridad de los amigos y vecinos del barrio. Su vida llena de trabajos y dificultades, sin tener qué comer y vestir, ofrecía un cuadro donde se retrataba el hambre y la necesidad. Sin embargo, María aguardaba la esperanza de que su suerte cambiaría, y así sucedió.
Don Matías ordenó que se le construyera una casa digna a la anciana y se le proveyera todas las cosas que necesitara incluyendo la contratación de los servicios de una muchacha para que cuidara a María y velara por ella. El buen hombre abrió una cuenta bancaria a la señora para que tuviera su manutención y viviera por el resto de su vida.
La casa de la pobre mujer con sus colores elegantes y una linda fachada era más linda que todas las viviendas del barrio. La ropa que ahora vestía era de marca y la hacía lucir demasiado elegante.
Jamás pensó María que el encuentro con aquel hombre le cambiaría su vida para siempre. Desde entonces vivió una vida tranquila y de paz. Había esperado tanto tiempo para que su suerte cambiara y su espera no fue en vano. Su corazón volvió a ser alegre y su espíritu se llenó de vida. 

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